Stargate Certeza Capítulo 5

Capítulo 5

Me han encerrado en mis dependencias. Dicen que sólo estoy bajo observación, pero a todos los efectos podría estar metido en una celda, encadenado de pies y manos. Y mientras, ese ser campa a sus anchas por la base. Es desesperante saberlo y no poder hacer nada.

Debo llevar sólo un par de horas encerrado cuando alguien llama a la puerta. Uno de los guardias que me vigila la abre y deja pasar a la criatura disfrazada de Teal’c. He sentido que la sangre se me helaba en las venas al verle entrar en la habitación. Lleva las manos a la espalda y le agradece al guardia que le deje entrar con una inclinación de cabeza. Tengo que reconocer que imita perfectamente al original. Por alguna razón, sé que aunque le pida al guardia que se lo lleve, no lo hará.

El guardia se ha marchado y la criatura avanza hacia mí. Retrocedo tanto como puedo, hasta que mi espalda choca contra la pared del fondo.

– Coronel Mitchell – me dice el ser, deteniéndose a menos de un metro de distancia – ¿Cuál es el problema? Quizás podamos arreglarlo dialogando.

No quiero dialogar con él. Sé que no va a matarme porque ya me tiene donde quiere y eso sólo desmontaría su coartada, pero también me doy cuenta de que intenta algo. Se ha acercado más a mí.

– ¿Dónde está Teal’c? – le pregunto, a pesar de todo.

– Estoy aquí – insiste la criatura – Tiene que luchar contra lo que está nublando su visión y le impide ver la realidad con claridad. Yo soy Teal’c.

Su tono de voz es muy agradable, casi seductor e increíblemente convincente. Me apetece muchísimo creerle, darle unas palmaditas en la espalda y salir de allí a tomarme una cerveza con él, olvidando para siempre este lamentable episodio. Qué pena que no pueda ignorar el hecho de que si lo hago, pronto nos matará a todos.

– ¿Cómo se llama el hijo de Teal’c? – le pregunto. Es increíble cuánto me cuesta hacerlo.

– Mi hijo se llama Rya’c.

Vale. Ha sido una pregunta fácil. Tendría que haberle preguntado algo más complicado, pero me cuesta mucho seguir el hilo de mis propios pensamientos.

– ¿Cuándo y dónde nos vimos Teal’c y yo por primera vez? – casi no puedo formular la pregunta. Creo que de mis labios sólo ha salido un susurro.

– No me someteré a un interrogatorio – responde la criatura. Me parece que le he visto dudar. Creo que no sabe la respuesta. Ahora su cara está tan cerca de la mía que siento su aliento cálido. En cualquier otra situación, esto me parecería incómodo e inadecuado, pero ahora lo encuentro simplemente aterrador.

No voy a preguntar nada más. Ni siquiera me voy a mover un milímetro. Me parece que sea lo que sea lo que quiere, no lo está consiguiendo. Siento que se enfurece y eso en el fondo me alegra porque el verdadero Teal’c nunca se habría enfurecido así. Quizás no estoy tan loco como todos piensan.

Ha tardado unos segundos en decidir si debía matarme o salir de allí. No sé cómo, pero estoy seguro de que eso era lo que pensaba. Al final se ha marchado sin decir nada más y estoy otra vez solo en la habitación.

En realidad, no estoy solo. Lo percibo con la misma claridad con la que sé que eso que he tenido enfrente hace unos minutos no era Teal’c. Después de todo, van a tener razón y es que he perdido el juicio. Miro a mi alrededor pero no distingo a nadie.

– Por favor – susurro en voz baja. No sé si puedo con esto. No comprendo nada. Resbalo con la espalda contra la pared hasta sentarme en el suelo y me sujeto la cabeza con las manos, a ver si así consigo mantener mi cordura dentro de ella.

– No tengas miedo.

Ah, eso es fácil de decir, pero tan inútil como tirarte al agua y empeñarte en no mojarte. ¿Quién coño acaba de hablarme?

Tengo que entornar los ojos para distinguirla. Al principio, es sólo un reflejo, un tenue resplandor. Luego va tomando forma, como un jirón de humo. Como estoy loco, no debo temer decir que, a todos los efectos, lo que estoy viendo es un fantasma. Una forma indefinida, brumosa, que flota a unos metros de mí, en el centro de la habitación. Y tiene la cara de una niña.

– ¿Quién eres? – me siento impelido a preguntar. Genial; ahora hablo con  mis alucinaciones. Me será muy útil para no sentirme solo cuando me encierren en una celda acolchada.

– Soy Leylee – me dice, aunque no creo que esté hablando en realidad – Vine contigo desde Pellkum a través del anillo – supongo que Pellkum es P3X-542. Odio ese planeta. Maldigo la hora en la que se nos ocurrió ir allí – Yo soy la razón por la que sólo tú percibes al zoRr.

Si el zoRr es la cosa vestida de Teal’c, esto me interesa mucho. A ras de suelo me acerco un poco más al fantasma y me aguanto las ganas de extender la mano y tocarlo. No quiero que se vaya.

– No, no estás loco – afirma Leylee. Cada vez me cae mejor esta cría fantasmal – Pero todos los demás están bajo la influencia del zoRr y no ven lo mismo que tú.

Comprendo, y ni siquiera sé cómo, que el ser actúa por proximidad. Vino a verme para exponerme a su influencia. El término “mesmerismo” me viene a la cabeza; es algún tipo de magnetismo hipnótico. Leylee impidió que tuviera efecto sobre mí.

– El no sabe que estoy aquí – continúa ella, contestando a una pregunta que ni siquiera recuerdo haber formulado – Pero no tardará en sospecharlo. Tienes que saber.

El conocimiento me golpea como una maza. Dios, si no estuviera ya sentado en el suelo seguro que me habría desplomado. De pronto estoy tan mareado que estoy a punto de vomitar. Pero lo . Ahora ya lo sé todo.

El pueblo de Leylee nunca supo cómo el zoRr llegó a Pellkum, pero de algún modo, un puñado de ellos lo consiguieron. Lenta, pero constantemente, pasando de unos a otros, seres como el falso Teal’c se apoderaban de sus voluntades, consumían sus cuerpos, les hacían caer en una apatía progresiva, un abandono total hasta dejarse morir literalmente. Y el zoRr pasaba entonces a otro sujeto de cuya energía vital se alimentaba hasta que gradualmente y sin prisa, a lo largo de los siglos, consumieron un mundo entero. Se me eriza el vello de la nuca al pensar que lo que hemos traído con nosotros no es más que un terrible parásito, pero ahora me alegro de no haber disparado a Teal’c ya que, después de todo, sí es su cuerpo el que utiliza el ser.

Hace siglos que se extinguió el último humano de Pellkum. El zoRr tampoco encontró la forma de salir, de colonizar un nuevo mundo. La especie se autoconsumió hasta que no quedó más que un ente condenado a desaparecer también. A menos que un grupo de exploradores entrometidos aparecieran para recoger a este indeseable autoestopista. Qué suerte la nuestra.

Entonces me doy cuenta de que Leylee no es el nombre de una persona, no es como se llama la figura infantil cuyo rostro ha elegido para mostrarse ante mí. Es el nombre del pueblo que habitaba Pellkum. Todo lo que queda de su civilización es una forma residual de energía, tan débil ya que sólo puede manifestarse como un fantasma brumoso. El esfuerzo que hace para comunicarse conmigo y protegerme de la influencia del zoRr acaba con sus fuerzas rápidamente. No quiero darle un disgusto y decirle que, a la hora de elegir entre nosotros, habría sido mucho más sabio por su parte optar por Carter. Supongo que ahora ya lo sabe, pues sabe todo lo que sé yo. Intenta reconfortarme haciéndome sentir que confía en mí. Su apoyo es como una manta cálida que me envuelve desde dentro. El amor debe ser algo muy parecido a esto. Ahora está ligada a mí y ya es tarde para cambiar; eso acabaría con las fuerzas que le quedan. Vamos a tener que salvar el mundo tú y yo solos, pequeña.

Me levanto del suelo, aunque la cabeza todavía me da vueltas y las manos me tiemblan. Leylee ya no es visible, pero yo sé que sigue aquí. Las cosas no pintan nada bien. El zoRr ha escogido al más fuerte entre nosotros; sé que en Teal’c encontrará fuerzas suficientes para desdoblarse pronto. Cuantas más personas seduzca, más sujetos como él se dedicarán a consumir lentamente nuestro mundo. Aunque sé que el proceso llevará siglos, a mí no me queda tanto tiempo. El zoRr es consciente de que no me domina y en cuanto esté seguro de su control sobre los que me rodean, acabará conmigo.

¿Qué espera Leylee que haga? Si su pueblo no descubrió como acabar con ellos ¿qué oportunidades tengo yo en el poco tiempo que me queda? No quiero verlo, me resisto, pero siento que empuja, desde dentro de mi cabeza, un pensamiento para que aflore desde mi subconsciente. Es una sensación extraña. Me rindo; dejo que me transmita su mensaje, aunque no quiero recibirlo. Leylee quiere que mate a Teal’c antes de que el zoRr reúna las fuerzas que necesita para propagarse.

Tengo un problema con todo esto. Si bien hace un rato habría matado al falso Teal’c sin dudarlo, ahora que sé que no es un duplicado, la idea ya no me parece tan buena. Preferiría encontrar una forma de sacar al zoRr y recuperar a mi compañero. Leylee protesta, a su forma, haciendo que la idea me parezca aborrecible. Me empieza a fastidiar compartir mi mente con un invitado tan insistente. ¿Será esto lo que se siente cuando uno tiene un Goa’uld dentro?

Continuará..

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Hella

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